LA INCREIBLE HISTORIA DEL PALMERO JOSÉ ARCE Y ROJAS SJ
Por Miguel Martín, profesor de historia en el IES LAS BREÑAS
Coincidiendo con la fecha aniversario de su nacimiento, 8 de noviembre, Santa Cruz de La Palma se vistió de gala para homenajear a un hombre mediante la inauguración de una escultura, colocada en la Calle Lemus, frente a la casa donde nació, obra del palmero Antonio López. Una charla y una exposición en torno a su figura fueron los reclamos más sencillos para rescatar de la memoria el espíritu de un hombre aventurero cuya fecunda labor llegó hasta los rincones más alejados del gran Chaco y la Chiquitanía, al sur de Bolivia dentro de la Compañía de Jesús.
José de Arce y Rojas, abandonó la Isla para ir a estudiar Derecho a Sevilla con sólo 17 años; sin embargo, sintió una honda espiritualidad que lo lleva a ingresar en el noviciado de San Ambrosio de Villagarcía de Campos (Valladolid).
Aprovechando la llegada del P. Cristóbal Altamirano (Procurador General de la Provincia del Paraguay), se enroló en la expedición que lo llevará definitivamente a Las Indias meridionales. Como “soldado de Dios”, continuó con su formación en Teología y en el aprendizaje de cinco idiomas nativos, hasta ordenarse sacerdote con 26 años.
Hombre extraordinario, intelectual, disciplinado, con una gran fortaleza física, resistente aventurero, destacó por sus dotes personales, su capacidad de oratoria y convicción, siendo respetado dentro de la propia compañía y entre los indios, considerado un pacificador entre tribus rivales “por ser un hombre de mucho amor” (palabras del Provincial). Asimismo, lo podemos considerar un pionero en convertir por la persuasión (la razón), no por la fuerza.
Después de fundar el colegio de Tarija (1687), lo encontramos recorriendo los ríos Bermejo y Pilcomayo (región de los chiriguanos). Al conocer la dura realidad indígena, se propone aplacar las frecuentes epidemias y hambrunas mediante la fundación de misiones y sistemas de aprovechamiento agrícola y ganadero que reviertan en la comunidad.
En 1690 llega a Santa Cruz de La Sierra, viviendo una de las peores experiencias de su vida, la esclavización de los indios chiquitos. Sin más, se desplazó a la zona de la Chiquitanía para impedir el acoso de los mercenarios esclavistas, encomenderos españoles y paulistas portugueses. Esto le va a crear enormes conflictos que supo paliar con la fundación de la primera reducción en Las Piñocas, la de “San Francisco Javier” en 1691, a la que le siguieron otras misiones. En 1700 había 5.000 indios chiquitos reducidos y, diez años después, ya eran 23.000.
El P. José de Arce y Rojas vivía de su fuerza espiritual, de su tenacidad, de la disciplina, la acción y la aventura, siempre repleta de padecimientos y peligros. El ansia de conocimiento le hizo sobreponerse al miedo y al peligro, al hambre, a la sed y al más completo abandono. Su vida pendía de un frágil hilo, y no eran tiempos para escrúpulos.
En 1715, el P. José de Arce y Rojas se embarca en su nuevo proyecto geopolítico, unir las reducciones guaraníes con las de Chiquitos, a través de una ruta por el río Paraguay para evitar el Chaco. Era una empresa muy difícil por las características del entorno natural: lagunas, pantanales, insectos e indios hostiles al catolicismo.
Pudo realizar su sueño cuando llegó, prácticamente desnudo, herido y muerto de hambre, a la misión de San Rafael. Al regreso fue capturado por los terribles payaguá, muriendo martirizado a la edad de 64 años.
Detrás dejaba una obra evangelizadora monumental, semejante a la de San Francisco Javier en Japón. Intelectual, hombre de acción, dio la cara a la aventura, arriesgando su vida. No tiene una tumba digna, ni una placa, ni una enciclopedia española que lo recuerde, ni un sitio en la Historia de este país.
En su tierra, en su ciudad no se sabía prácticamente nada de él hasta hace muy poco. Ahora rendimos homenaje a un extraordinario ser humano que dio su vida por los demás. Desde hoy quedará para siempre en nuestro corazón y entrará en la brillante historia de nuestra tierra canaria.
Coincidiendo con la fecha aniversario de su nacimiento, 8 de noviembre, Santa Cruz de La Palma se vistió de gala para homenajear a un hombre mediante la inauguración de una escultura, colocada en la Calle Lemus, frente a la casa donde nació, obra del palmero Antonio López. Una charla y una exposición en torno a su figura fueron los reclamos más sencillos para rescatar de la memoria el espíritu de un hombre aventurero cuya fecunda labor llegó hasta los rincones más alejados del gran Chaco y la Chiquitanía, al sur de Bolivia dentro de la Compañía de Jesús.
José de Arce y Rojas, abandonó la Isla para ir a estudiar Derecho a Sevilla con sólo 17 años; sin embargo, sintió una honda espiritualidad que lo lleva a ingresar en el noviciado de San Ambrosio de Villagarcía de Campos (Valladolid).
Aprovechando la llegada del P. Cristóbal Altamirano (Procurador General de la Provincia del Paraguay), se enroló en la expedición que lo llevará definitivamente a Las Indias meridionales. Como “soldado de Dios”, continuó con su formación en Teología y en el aprendizaje de cinco idiomas nativos, hasta ordenarse sacerdote con 26 años.
Hombre extraordinario, intelectual, disciplinado, con una gran fortaleza física, resistente aventurero, destacó por sus dotes personales, su capacidad de oratoria y convicción, siendo respetado dentro de la propia compañía y entre los indios, considerado un pacificador entre tribus rivales “por ser un hombre de mucho amor” (palabras del Provincial). Asimismo, lo podemos considerar un pionero en convertir por la persuasión (la razón), no por la fuerza.
Después de fundar el colegio de Tarija (1687), lo encontramos recorriendo los ríos Bermejo y Pilcomayo (región de los chiriguanos). Al conocer la dura realidad indígena, se propone aplacar las frecuentes epidemias y hambrunas mediante la fundación de misiones y sistemas de aprovechamiento agrícola y ganadero que reviertan en la comunidad.
En 1690 llega a Santa Cruz de La Sierra, viviendo una de las peores experiencias de su vida, la esclavización de los indios chiquitos. Sin más, se desplazó a la zona de la Chiquitanía para impedir el acoso de los mercenarios esclavistas, encomenderos españoles y paulistas portugueses. Esto le va a crear enormes conflictos que supo paliar con la fundación de la primera reducción en Las Piñocas, la de “San Francisco Javier” en 1691, a la que le siguieron otras misiones. En 1700 había 5.000 indios chiquitos reducidos y, diez años después, ya eran 23.000.
El P. José de Arce y Rojas vivía de su fuerza espiritual, de su tenacidad, de la disciplina, la acción y la aventura, siempre repleta de padecimientos y peligros. El ansia de conocimiento le hizo sobreponerse al miedo y al peligro, al hambre, a la sed y al más completo abandono. Su vida pendía de un frágil hilo, y no eran tiempos para escrúpulos.
En 1715, el P. José de Arce y Rojas se embarca en su nuevo proyecto geopolítico, unir las reducciones guaraníes con las de Chiquitos, a través de una ruta por el río Paraguay para evitar el Chaco. Era una empresa muy difícil por las características del entorno natural: lagunas, pantanales, insectos e indios hostiles al catolicismo.
Pudo realizar su sueño cuando llegó, prácticamente desnudo, herido y muerto de hambre, a la misión de San Rafael. Al regreso fue capturado por los terribles payaguá, muriendo martirizado a la edad de 64 años.
Detrás dejaba una obra evangelizadora monumental, semejante a la de San Francisco Javier en Japón. Intelectual, hombre de acción, dio la cara a la aventura, arriesgando su vida. No tiene una tumba digna, ni una placa, ni una enciclopedia española que lo recuerde, ni un sitio en la Historia de este país.
En su tierra, en su ciudad no se sabía prácticamente nada de él hasta hace muy poco. Ahora rendimos homenaje a un extraordinario ser humano que dio su vida por los demás. Desde hoy quedará para siempre en nuestro corazón y entrará en la brillante historia de nuestra tierra canaria.
